"La vacuna de Oxford": ¿serendipia u oportunismo?

Por M. Alejandra Petino Zappala - 2 Dic. 2020 19:35

Tiempo de lectura: 4 minutos.

Ya hablamos del accidentado ensayo de la “vacuna de Oxford”, con problemas metodológicos y un error en la aplicación en casi 3000 voluntarios. Pero ¿podría ser ese error una bendición disfrazada? Aprovechamos la excusa para hablar de “serendipia”, en criollo, descubrimientos hechos por pura casualidad.


Es difícil imaginarse qué habrán sentido los responsables de la llamada "vacuna de Oxford" cuando se enteraron. Era la peor noticia para recibir en ese momento, con todos los ojos puestos en ellos, literalmente el mundo en vilo esperando los resultados.

Un grupo de voluntarios en el ensayo de la vacuna había tenido menos efectos secundarios que lo esperado, y al verificar los datos del protocolo encontraron la razón: habían recibido la mitad de la dosis planeada para la primera aplicación. 

La situación tenía todo para ser, como mínimo, un tropezón en la carrera por dar con una vacuna contra el coronavirus. Al menos había sido un grupo reducido de voluntarios, y muchos otros habían recibido las dos dosis completas. Eventualmente se podría seguir adelante sin considerar esos datos.

Pero decidieron que no era buena idea descartarlos sin mirar, y ahí se encontraron con lo que nadie esperaba. El grupo de voluntarios que había recibido una dosis y media en lugar de dos había tenido un mejor resultado (medido en diferencia de casos entre quienes recibieron las dosis y el placebo). En el grupo de quienes habían recibido dos dosis, había 62% menos de casos que en el grupo placebo, mientras que entre quienes recibieron una y media, esa efectividad aumentaba hasta el 90%.

¿Qué pasó? Todavía no lo sabemos, pero ya hay algunas hipótesis. Una de ellas es que es casualidad: el grupo que recibió una dosis y media es pequeño, ya que no estaba planeado que sucediera así, y el cambio de dosis ocurrió por un error. Cuando la muestra es pequeña, la chance de obtener resultados extraños por casualidad aumenta. Y como el tratamiento no fue asignado al azar, sino que fue resultado de un error puntual, algún sesgo era posible. Ciertamente todo esto generó dudas acerca del protocolo y la confianza en los datos lanzados por la empresa AstraZeneca, fabricante de la vacuna, que incluyó estos datos en el cálculo de una eficiencia promedio del 70%.

La otra hipótesis es que vacunar con media dosis primero y la dosis completa en una segunda instancia sea realmente más efectivo. ¿Por qué podría pasar? Tal vez porque la vacuna viene envuelta dentro de un vehículo de adenovirus, un "caparazón" de virus de chimpancé que puede entrar a nuestras células y llevar la vacuna, pero que no puede reproducirse y por lo tanto no nos enferma. Sin embargo, la primera dosis puede hacer que nuestro sistema inmune reconozca a ese adenovirus y éste reaccione ante la segunda dosis, destruyendo al vehículo y potencialmente a su contenido. Una dosis inicial más baja podría generar una respuesta inmune más débil y permitir una acción más efectiva de la segunda dosis. Algo que los diseñadores de la llamada "vacuna rusa" Sputnik V, de Gamaleya, tuvieron en cuenta al planear que cada dosis tuviese un vector diferente.

Si esta última hipótesis se verifica, estaremos ante un caso de lo que se conoce como "serendipia", o dicho en criollo "pegarla de pura casualidad" (y expresiones similares que no son demasiado elegantes como para publicarlas en esta nota). Existen otros ejemplos conocidos de serendipia: tal vez el más famoso sea el de Alexander Fleming, cuando descubrió de pronto una contaminación misteriosa en sus placas de petri. En lugar de tirar las placas a la basura, al observarlas de cerca, descubrió que alrededor del contaminante todas las bacterias que había estado cultivando habían muerto. ¡Había encontrado un ser vivo que podía matar bacterias! Resultó ser un hongo del género luego bautizado Penicillium que producía lo que ahora conocemos como penicilina, un potente antibiótico. Es difícil calcular cuántas vidas salvó este descubrimiento puramente accidental.

Las consecuencias de otro caso de serendipia no habrán salvado vidas pero sí nos sacan diariamente de algún apuro. Ocurrió durante la segunda guerra mundial, cuando el físico Percy Spencer trabajaba en el diseño de radares de microondas. Un día, al meterse la mano en el bolsillo, descubrió que la golosina que llevaba se había derretido mientras estaba parado frente a un radar activo. Ahí lo picó el bichito de la curiosidad y decidió poner un bowl de maíz frente al radar: ¡fue la primera persona en la historia en hacer pochoclo con microondas! Inmediatamente la empresa para la que trabajaba patentó el invento y dos años después salió a la venta el primer horno microondas, que pesaba más de 300 kilos y costaba unos 5000 dólares de ese momento, equivalente a lo que serían unos 60 mil dólares hoy (un poco mucho sólo para hacer pochoclo). Pasaron 20 años hasta que apareció el primer horno para uso doméstico.

Otro caso tal vez menos conocido sea el descubrimiento de los púlsares, cuando Jocelyn Bell detectó con su radiotelescopio una extraña señal que podría haber pasado por ruido, pero que, al prestarle atención, descubrió que tenía un patrón de "pulsos". Después de descartar todas las posibilidades de interferencia humana (y de vida extraterrestre) llegaron a la conclusión de que este "ruido pulsátil" se debía a estrellas de neutrones rotativas a las que llamaron "púlsares", cuya existencia había sido propuesta pero jamás comprobada experimentalmente.

Algo que caracterizó a todos estos casos fue la capacidad de apreciar el resultado del error. Por supuesto, aún no sabemos qué pasó con "la vacuna de Oxford" y hay más razones para ejercer el escepticismo que para festejar la serendipia. Por lo pronto AstraZeneca anunció un nuevo ensayo para poner a prueba (esta vez a propósito) el protocolo con una dosis y media. Recién ahí podremos saber si se trata de un caso "real" de serendipia o si los fabricantes cantaron victoria demasiado rápido.



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