El anacronismo de los Premios Nobel

Por Ana Carolina Zelzman - 26 Oct. 2019 16:57

Tiempo de lectura: 6 minutos.

Año a año esperamos con expectativa el anuncio de los premios Nobel. Pero el mundo cambió mucho desde que se instauraron y esto hizo que en muchos sentidos se hayan vuelto un premio anacrónico.


Los primeros Premios Nobel se entregaron en 1901, abriendo un siglo en el cual no solamente el conocimiento científico aumentó a pasos agigantados sino que cambió sustancialmente la forma de generarlo: había pasado de ser un hobbie o "arte" reservado a las clases acomodadas y una minoría de intelectuales, a ser una profesión para la cual no se nacía sino que era necesario entrenarse. A partir de la mitad del pasado siglo la ciencia comenzó a mutar hacia lo que Derek De Solla Price dio en llamar Big Science: una actividad politizada, institucionalizada e íntimamente ligada a los estados nacionales, los cuales actúan como financiadores pero a la vez como parte interesada en el conocimiento conseguido. El cambio de escala de la ciencia también se notó en el aumento considerable del número de investigadores y en la capacidad de comunicarse globalmente, compartiendo su producción de maneras cada vez más eficientes. La ciencia dejó de ser una ocupación artesanal y se convirtió en una producción comparable a la industrial, generada en grandes unidades que concentran profesionales de diversas disciplinas, con un financiamiento en constante crecimiento, al punto de solo estar al alcance del estado y de unas pocas grandes corporaciones. Al mismo tiempo se dio también un aumento de la visibilidad de la ciencia en la sociedad, como se evidencia por ejemplo con la presencia recurrente de Einstein en la portada de la revista Time.

 

Establecido a partir del testamento del industrial sueco, el Premio Nobel se enmarca en el paradigma previo: Little Science. En esta etapa los investigadores tendían a trabajar solos o en grupos pequeños (las normas del premio limitan a un máximo de tres personas a ser premiadas simultáneamente por cada categoría), movidos más por la intención de progreso y/o beneficio para toda la humanidad, en una actividad divorciada del entorno sociopolítico en que ocurría. Nos encontramos entonces ante un anacronismo: un premio al estilo Little Science, en la era Big Science. A pesar de eso, a lo largo del último siglo y a través de los cambios que llegaron tarde o temprano a todas las disciplinas y a todo el mundo, los premios se sostuvieron, movidos por el impulso inicial de la Fundación Nobel y por un prestigio que probablemente tenga mucho de autogenerado.

 

Es sorprendente también el anacrónico criterio de premiación de que es posible establecer incontrovertidamente que un hallazgo o técnica tendrá un impacto positivo en la humanidad, considerando que Alfred Nobel era un empresario industrial e inventor de la dinamita, por lo que conocía de primera mano los impactos negativos que los desarrollos técnicos pueden tener. En este aspecto, el galardón ha oscilado entre descubrimientos de trascendencia sin aplicaciones directas, hasta premiar técnicas científicas con alto impacto en el resto de la actividad pero que difícilmente serán percibidas por el público. Existen además varios ejemplos de Premios Nobel que el tiempo demostró que resultaron más dañinos que provechosos para la humanidad.

 

¿Quienes ganan (con) el premio?

 

Pero más allá de estos problemas metodológicos y cuestionamientos posteriores a la premiación está también la cuestión de la influencia del marco social, cultural y político que lleva a un investigador a ser premiado. No se necesita decir que la mayoría de las personas que recibieron Nobeles son varones blancos, con supremacía de países europeos y Estados Unidos. Es probable que este sesgo no provenga de los comités mismos, sino que sea un reflejo del desbalance inherente de la comunidad científica. Pero justamente la existencia de este sesgo implica que los premios de física, química y fisiología/medicina, que se precian de no ser políticos y así son percibidos, en realidad lo son tanto como los de Economía, Literatura o de la Paz. Los países de donde provienen la mayoría de los premiados son aquellos con las más sólidas políticas de estado para impulso de la actividad. Por lo tanto los investigadores acceden a la financiación e infraestructura adecuadas y el premio que terminan recibiendo apoya esa percepción de beneficio nacional, llevándoles aún más financiación. Es decir, el Premio Nobel no escapa a este ciclo de países poderosos que financian la actividad científica lo suficiente como para sostener ese poder. Sin embargo por necesidades propias de su naturaleza, la "comunidad científica" ha conseguido construir instituciones y equipos que sobrepasan esa lógica y reúnen investigadores de una enorme cantidad de nacionalidades y financiamiento de fuentes muy diversas. En el marco de la Big Science, es anacrónico que los premios científicos no se hayan actualizado entonces a premiar instituciones o equipos (como podría haber sucedido en 2017 con el proyecto LIGO, en vez de sólo tres representantes) como sí ha ocurrido con el Nobel de la Paz en 19171944 y 1963 en el caso de la Cruz Roja y en 2007 al IPCC.

 

Otro fenómeno característico de la era de Big Science es la creciente especialización de las ciencias. Sin embargo, los Premios Nobel continúan contando con solamente tres categorías, dejando afuera a una parte importante del conocimiento científico actual. Este carácter restrictivo era quizás comprensible en los inicios del premio ya que el propio Alfred Nobel designó las categorías que “reinaban” en la ciencia de su época. La comunidad científica ha superado hace décadas esa supremacía por lo que sería esperable que se aumentara el número de categorías para no dejar afuera descubrimientos trascendentales como la deriva continental o iniciativas de conservación como RAMSAR. La ausencia de algunas categorías es aún más sorprendente si nos mantenemos dentro de la lógica imperante en el siglo XX, de alejamiento de la ciencia de la búsqueda de "verdad" para acercarse a la satisfacción de intereses: es innegable la importancia de la geología para los intereses petroleros y de la meteorología para el comercio, el transporte y la agricultura, por ejemplo.

 

Otro aspecto de esta híper especialización que tiene un impacto sobre el Nobel es, como ya se ha dicho, la desaparición del científico solitario. Pero esto no siempre fue así. Cuando el premio nació en 1901, la actividad científica estaba dominada por mavericks, genios de su disciplina que trabajan solos y por amor a la ciencia pero que además son capaces de "conectar los puntos" allí donde nadie más puede para realizar hallazgos inesperados y, en muchos casos, realizar acciones que sus colegas, por diversos motivos, no osan realizar. Los mavericks trabajaban en general sin un plan de investigación predeterminado y con pocos o nulos intereses externos y esa tendencia a la independencia de pensamiento parece ser lo premiado por los Nobel científicos, más que el mérito académico del trabajo de investigación en sí. El advenimiento de la Big Science, significó la pérdida de este modelo (con algunas notables excepciones como la de Barry Marshall) en pos de un modelo altamente colaborativo pero que a la vez restringe el alejamiento de los cánones de la actividad. ¿Tiene entonces sentido un premio que parece destinado a los mavericks en una comunidad científica en la cual ya no son bienvenidos?

 

La repercusión en la sociedad

 

Este anacronismo tiene un gran impacto, ya que para la mayor parte del público el científico está encarnado en esa imagen, y el sostenimiento de este premio tan personalista probablemente sea una gran contribución a mantenerla. Este es un efecto aún más destacable si se tiene en cuenta que el galardón no premia carreras académicas o profesionales (aunque el premio de física de este año podría ser una honorable excepción), sino descubrimientos o desarrollos técnicos puntuales. El prestigio del premio, multiplicado por los medios de comunicación y los estados a los que pertenecen los galardonados, lleva a que ambos aspectos se confundan y más aún, a que el calificativo de "Premio Nobel" suponga un mérito ético inherente al investigador más allá de su descubrimiento. Los laureados son vistos como personas incuestionables en todos los ámbitos y consultados como "pensadores" con autoridad moral fuera de su área, cuando en general nada en su carrera previa a la recepción del premio lleva a que merezcan tal posición. Los "Premios Nobel" son personas con matices éticos como cualquier otra e incluso en algunos casos con puntos cuestionables en sus carreras académicas, más allá del trabajo que hubiera merecido el premio. En el imaginario popular, sin embargo, investigador, descubrimiento puntual, trayectoria y premio quedan indisolublemente ligados, perdiéndose el carácter contributivo de la Big Science.

 

Llegamos entonces al que probablemente sea el más trascendente de los anacronismos que aquejan al Nobel: el impacto en el público. El alto grado de reconocimiento y prestigio de los premios, sumado a la confusión en cuanto al motivo de otorgamiento y al hecho de que se premian individuos y no instituciones o grupos de trabajo resulta en una percepción pública de la ciencia también anacrónica, viéndola como personalista y hasta ejercida solamente por unos pocos "rebeldes" genios que merecen ser premiados porque hacen cosas difícilmente comprensibles para el común de la gente y no porque sus descubrimientos tengan algún impacto. Al premiar individuos además, el público no percibe el nivel de colaboración mutua que prima en la investigación, la compleja red de intereses que llevan a los pocos premiados anuales a ese puesto de honor, ni por qué quedan otros investigadores en el camino. El prestigio del premio determina que nadie se pregunte por qué otros trabajos quedaron sin publicar o se publicaron en revistas de menos impacto, por qué algunas líneas de investigación recibieron más financiamiento que otras ni tampoco quiénes y cómo resultarán beneficiados realmente cuando el descubrimiento empiece a mostrar consecuencias.

 

¿Cómo seguir?

 

Dado que es impracticable pedir que desaparezca un premio del prestigio y nivel de conocimiento popular del Nobel, aún teniendo en cuenta todos los problemas detallados aquí y todos los que aquejan a las demás categorías, sería deseable que al menos estos cuestionamientos fueran considerados para realizar una renovación. Es innegable el gran impulso monetario y reputacional que significa el premio para los investigadores que lo reciben y el valor divulgativo que tiene para el común de la sociedad (el anuncio de las categorías científicas del Nobel es para mucha gente, uno de los pocos momentos en que entran en contacto con información científica). La premiación de instituciones y/o equipos y la ampliación de las disciplinas traería al premio Nobel al contexto científico actual y contribuiría a que la sociedad comprendiera un poco más su funcionamiento, apreciara el espectro de impactos que la ciencia ejerce sobre su vida y a la vez ejerciera su derecho de debatir al respecto.

Portada de revista Time con Einstein como personaje del siglo.


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