Sensible, malhumorado y glotón: el Darwin que no conocías

Por M. Alejandra Petino Zappala - 12 Feb. 2021 08:05

Tiempo de lectura: 9 minutos.

El 12 de Febrero de 1809 nacía Charles Darwin, naturalista inglés del que seguramente todos hemos oído hablar. En esta nota celebramos el "Darwin day" contándote algunos aspectos de su vida que tal vez no conozcas.


Exactamente hace 212 años nacía en Inglaterra Charles Darwin. Probablemente nadie que esté leyendo esto ignore quién fue. La mayoría tendrán alguna idea acerca de la teoría de la evolución por selección natural y sabrán de sus viajes alrededor del mundo. Seguramente lo consideren un personaje de gran importancia para la historia de la ciencia. Pero hay algunos aspectos de su vida que no están tan claros, o grandes mitos que se han construido a su alrededor. En esta nota te contamos algunas cosas sobre Charles Darwin que tal vez no sepas.


 

Darwin no fue el primero en pensar en la evolución de las especies… ni en la selección natural

La contribución por la que Darwin es más conocido es el concepto de “selección natural”. Sin embargo es importante aclarar que no fue el primero en reconocer que las especies cambiaban en el tiempo, y tampoco fue el único en plantear el mecanismo que lo haría famoso. Fueron años de debatir consigo mismo y en cartas a sus conocidos la posibilidad de publicar un libro, o más de uno, explicando la teoría. Se dice que una hipótesis fuerte o revolucionaria necesita evidencia poco menos incontrovertible, y Darwin no se lo tomaba a la ligera. Si iba a publicar una idea que iba en contra de las creencias y convicciones de grupos poderosos de la época, sus argumentos debían ser “a prueba de balas”. Y para eso se ocupó de recopilar enormes cantidades de información de sus propios viajes, comunicaciones de colegas pero también de personas fuera de la academia, como criadores de palomas (animal que tiene una importancia no menor en sus argumentos). Sin embargo sus largas disquisiciones fueron interrumpidas por una carta de otro naturalista, Alfred Russel Wallace, que quería consultar con él su propia idea acerca de la evolución de las especies… una idea extremadamente similar a la que Darwin había estado por años intentando “blindar”. Y sí: los geólogos empezaban a demostrar que la Tierra era mucho más antigua de lo que se había pensado; aparecían raros fósiles de criaturas fantásticas que nadie podía explicar del todo… La idea del cambio de las especies en el tiempo ya estaba flotando en el aire, y Darwin no fue el único en “conectar los puntos”. El inglés era precavido, pero no zonzo: quería publicar evidencia irrefutable de su hipótesis, pero también quería que su nombre fuese el que quedase asociado a la teoría, y eso probablemente no sucedería si Wallace publicaba primero. Así que acordó con éste una publicación conjunta de sus trabajos y apuró la escritura de lo que daría en llamar “El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”, o para los amigos, “El origen”, en el año 1859. 

Alfred Russell Wallace.

Aunque ambos publicaron a la vez y el concepto era bastante parecido, el nombre de Darwin fue el que quedó asociado a la teoría. Tal vez porque su trayectoria era mayor o porque tenía más conexiones (algo que queda claro al leer sus libros), tal vez porque la interpretación de Wallace, un declarado socialista, encajaba menos con el imaginario capitalista temprano de la época que la de Darwin, enfocada en la lucha (real o metafórica) entre individuos. Sea como sea, Wallace nunca compartió la increíble fama de su colega.

 

 

“Me siento muy mal hoy, y muy estúpido y odio a todos y a todo”

Así se describía Darwin en una de sus cartas al geólogo Charles Lyell. Y agregaba “vivimos solamente para hacer pavadas. Hoy tengo que escribir sobre orquídeas y las odio más que a nada”. En otra carta, el objeto de su hartazgo eran los percebes que hace años estudiaba: “los odio como nadie los ha odiado nunca, ni siquiera los marineros en sus lentos veleros”. Y en una carta a su amigo Thomas Huxley: “estoy muy cansado, con el estómago muy revuelto y odio a casi todo el mundo”.

A juzgar por algunas de sus comunicaciones, cada tanto el naturalista inglés tenía un humor de perros. Y es que no tenía, y nunca había tenido, una vida fácil. Como muchos en esa época, la muerte había sido una constante en su vida: la de su madre, cuando él tenía ocho años, presa de horribles dolores, cólicos y vómitos; la de pacientes cuyas operaciones, realizadas sin anestesia, pudo presenciar en sus cortos estudios de medicina; la de tres de sus hijos, especialmente Annie, su favorita de diez años, cuya agonía relató en varias cartas. Ya como adulto, Darwin decía haber visto suficientes atrocidades como para llevarlo al agnosticismo. Es probable que estos eventos traumáticos hayan sido parte de lo que debilitó su salud. Al día de hoy no se sabe exactamente de qué sufría, pero en sus cartas describía un conjunto variado de síntomas debilitantes y crónicos. Se especula con distintas opciones, incluyendo ataques de pánico o estrés postraumático, hasta lupus o mal de Chagas; lo cierto es que él mismo visitó a numerosos médicos y nunca supo qué mal lo aquejaba. A veces su único consuelo era la ciencia. Otras veces, ni eso. Muchas de sus cartas quedaron como testimonio de esos días en los que se sentía solo, estúpido y ridículo, odiando a todos y a todo.

La complicada historia del “darwinismo social”

El nombre de Darwin ha quedado indisolublemente unido a la idea de racismo y de injusticia gracias al concepto de “darwinismo social”. Pero la historia no es tan sencilla. De hecho, cabe remontarnos a la época para comprender que los textos de Darwin, por más chocantes que nos resulten ahora en algunos de sus pasajes, tenían también un gran potencial para la lucha contra la esclavitud. Y esto no es algo que a Darwin se le haya pasado desapercibido, sino que él mismo estaba en contra de tal práctica. Una de las justificaciones más habituales de los esclavistas se basaba en que las personas africanas en realidad no pertenecían a la misma especie que los europeos, sino que eran otra especie inferior, incapaces de sentir las mismas sensaciones que un europeo, y a los que por lo tanto no era grave ni pecaminoso esclavizarlos y torturarlos. Gran parte de la importancia de “El origen de las especies” y sobre todo del subsiguiente libro “El origen del hombre” fue plantear una continuidad a lo largo de la evolución, explicar cómo esta continuidad podía dar lugar a especies definidas, y luego argumentar a favor de la humanidad como única especie. Es cierto que al leer estos libros hoy en día nos llaman más la atención los pasajes que hablan de razas inferiores o “salvajes”. Sin embargo es claro que hay una tensión constante entre el eurocentrismo, la idea de las otras “razas” congeladas en un estadío temprano de la evolución del hombre y otras concepciones que en ese momento podrían haberse considerado como relativamente progresistas. 

Lo que conocemos como “darwinismo social” ni siquiera es un concepto claro, y es más un producto de una reelaboración de la teoría a manos de otros autores. Algunos contemporáneos de Darwin, como Herbert Spencer o Thomas Huxley, y otros posteriores, utilizaron la teoría de la selección natural como justificación para una jerarquía social (en la que, por supuesto, el hombre blanco, europeo, de clase alta estaba al tope) y una búsqueda del “mejoramiento de la raza” que en sus versiones más extremas, llevó a grandes violaciones de los Derechos Humanos. 

Sin embargo, otros tantos autores han reinterpretado la obra de Darwin en el sentido contrario, y si bien él mismo no era impermeable al espíritu de su tiempo, sus cartas indican que su intención no era la que le atribuyeron muchos referentes del darwinismo social.



 

Darwin y el feminismo

La relación de Darwin con el feminismo no es menos complicada. Por un lado, las feministas de la época (las famosas “feministas de la primera ola”) tomaron elementos de la teoría que eran novedosos en el sentido de darle agencia y capacidad de elección a la mujer (o en los animales no humanos, a las hembras) en el concepto de “selección sexual”. Por otro lado, aún reconociendo sus enormes contribuciones, algunas criticaron lo que al día de hoy es obvio: el sesgo androcéntrico que plagaba no sólo los escritos del naturalista inglés, sino la inmensa mayoría de las obras científicas de la época (y que en muchos casos siguen siendo un problema el día de hoy). La teoría de Darwin daba un lugar privilegiado al macho (y en los humanos, al varón) en la evolución de las especies. Y no había muchas voces que lo contradijeran. Pocas mujeres podían acceder a la instrucción formal para dedicarse a la ciencia, y menos aún podrían entrar en los círculos en los que todo sucedía. Si hay algo que queda claro de la obra de Darwin es el inmenso papel que la pertenencia a estos “clubes de hombres” jugaba en la tarea científica, y esto era algo que mayormente estaba vedado a las mujeres.

 

Antoinette Brown Blackwell.

Aún así, cabe destacar el libro “The sexes throughout nature” de Antoinette Brown Blackwell, contemporánea a Darwin, activista por los derechos de la mujer y la primera ministra protestante de los Estados Unidos. En este volumen, con sus conocimientos de amateur pero con una lógica impecable, Antoinette argumentó en oposición a Darwin no sólo acerca del importante rol que las hembras cumplían en la evolución de todas las especies, sino que también criticó fuertemente la falta de la perspectiva femenina en cuestiones concernientes de forma directa a las mujeres. Su idea acerca de los sexos como opuestos y complementarios, clásica de la primera ola feminista, ha quedado hoy atrás. No así su crítica del androcentrismo en la ciencia: “se posicionan en una eminencia masculina aprendida, mirando desde sus puntos de vista aislados a través de sus anteojos de varones y a través de la consecuente brumosa atmósfera de glamour heredado”.

Benjamin Arthur para NPR.

Todo bicho que camina va a parar al asador

Pese a sufrir muy frecuentemente a causa de su estómago, Darwin era un confeso glotón: literalmente, ya que durante sus estudios en Cambridge presidió una reunión semanal de aficionados a las comidas extrañas, grupo bautizado “Club de los glotones”. Probablemente la experiencia le haya servido luego en sus viajes, en los que probó toda clase de “aves y bestias desconocidas para el paladar humano”. Pese a lo que algunos creen, Darwin no era vegetariano, y durante su travesía en el Beagle quedó clarísimo: ningún animal escapaba de su curiosidad gastronómica. Se dice que durante uno de estos banquetes, en que presumiblemente estaban devorando un ñandú, Darwin (que no por glotón era menos observador) sospechó que se trataba de una especie distinta y decidió enviar algunos de los restos de su comida a Inglaterra; éstos serían identificados como Rhea darwinii, conocido popularmente como choique. En su propia autobiografía describe también el intento (fallido) de devorar un escarabajo vivo.

Tan legendario estómago es recordado cada 12 de Febrero en lo que se dio en llamar “Phylum feasts”, banquetes en que los asistentes consumen animales de las más variadas categorías de la filogenia.



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