Fuente: Julieta Mirabelli

El día que un ciervo cortó la ruta

Por Julieta Mirabelli - 24 Ago. 2021 06:36

Tiempo de lectura: 7 minutos.

Hace años estuve dos días en los Parques Nacionales Banff y Jasper, en Canadá, destino obligado para las personas que visitan el estado de Alberta. 

Descubrí un paisaje de bosques estivales, montañas gigantes, lagos glaciarios y fauna típica que ofrece múltiples actividades para realizar durante la estadía. En este relato te cuento mi encuentro con un alce canadiense, un glaciar que parece infinito y unos gigantes montañosos que te quitan el aliento.


Una montaña nunca es igual a otra, sobre todo cuando viajas de noche por la ruta 1A al encuentro de los parques nacionales canadienses que son tan famosos. Esos monstruos dormidos a cada lado del camino parece que respiraran, lagos gigantes a sus pies o interminables praderas. Todo se ve oscuro, y me pregunto porque no nos detuvimos a descansar, para poder llegar de día y disfrutar de los colores.

Salimos desde Edmonton temprano con dos compañeras de trabajo. Un proyecto de investigación de la Universidad de Cornell que nos juntó hace 3 meses y medio había finalizado y nos tomamos unos días para cruzar algunos estados y conocer los parques. El viaje surgió de imprevisto, por ello tuvimos que alquilar carpa y bolsas de dormir para acampar dado que no estábamos preparadas. Liana y Emily de Estados Unidos y yo, tres biólogas en una aventura de dos días.

Llegamos al camping dentro del parque nacional Banff cerca de la una de la madrugada, la entrada nos salió U$100 canadienses entonces, me resultó muy caro ya que viajaba con lo justo, pero de seguro valió la pena. Si lo visitas hoy, la entrada está alrededor de los $U140.

Nada podía apreciar del paisaje porque nada se veía. Logramos encontrar el lugar que nos asignaron para armar la carpa y lo hicimos con rapidez debido al frío y el sueño. A pesar de que estábamos en junio, la temperatura podría bajar bastante y yo soy muy friolenta.

-“¡NO dejar comida en la carpa o pasta de dientes, o cualquier elemento que pueda atraer a los osos!”- nos había advertido el guardaparque de la entrada. Al momento noté que los tachos de basura estaban bastante elevados y con un raro dispositivo de apertura, todo sea para evitar que los osos, muy inteligentes abriendo tapas, husmeen por ahí.

O sea que, lo único que nos separaba de un oso salvaje era esa fina tela de carpa. De todos modos, dormimos muy bien, el cansancio de la ruta nos había vencido.

Al despertar me invadió el aroma inconfundible de los bosques estivales. ¡Una brisa fresca (fría para mí!) el ruido del arroyo cercano donde pudimos buscar agua para un té matutino dado que a mis compañeras norteamericanas no les convencía la idea del mate.

Salimos a caminar apenas terminamos de desayunar, pudimos reconocer mejor el lugar dónde estábamos, algunas carpas más alejadas, un camino zigzagueante entre los árboles ¡y un alce! Sí, un alce macho para ser exacta, ahí a metros nuestro estaba, comiendo tranquilamente. Claro que hizo caso omiso de nuestra presencia, pero era tan bello, pensar que solo los había visto en el zoológico.

Salimos por el camino principal, decidimos ir con la camioneta para llegar a algunos puntos de interés. Y de lleno nos topamos con el paisaje más bello, ¡las Montañas Rocosas estaban vivas! De colores diversos, verdes por doquier y claro, enormes, esos monstruos acostados. Poco tiempo después nos detuvo un embotellamiento. Nada grave, un grupo de ciervos canadienses cruzando la ruta, la tranquilidad que mostraban me recordó al otro, tal vez eran parientes. La gente se bajaba de los autos para sacarse fotos, lo que hacía que se retrasase aún más el tránsito. Esto nos pasó varias veces a lo largo del día, al parecer era normal que sucediera.

Ciervos canadienses, ruta A1. Parque Nacional Banff. Fuente: Liana Schmader

Restaba mirar a los costados y ver a lo lejos un oso grizzly, o una cabra de montaña que parecen alpinistas desafiando la gravedad. Mientras Liana manejaba yo leía la pequeña guía que nos habían dado junto con el mapa del camping. Resulta que Banff fue el primer parque nacional Canadiense, fundado en 1885 con una extensión de aproximadamente 480 kilómetros, y 100 años después fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Recomendaban visitar los poblados a orillas del Río Bow, los glaciares y lagos y, si tenías tiempo, una visita al museo Whyte. Pero teníamos apenas 2 días de para disfrutar y pensábamos hacerlo entre los árboles de hojas perennes y caminos de montaña. Nuestra primera parada fue el Lago Louise, una belleza natural, llena de turistas de todos lados del mundo. El día estaba despejado y se reflejaban en él las montañas por detrás, un verdadero espejo de agua azul. 

Hubiese estado todo el día contemplando el paisaje pero decidimos seguir un poco más hasta el Lago Moraine, el cual se encuentra aproximadamente a 15 km de distancia, el cual es famoso por su vista panorámica al valle de los diez picos. Un poco después me enteré que hace tiempo fue la imagen de los billetes de 20 dólares canadienses. Todo fue debido a que en un restaurante traté de pagar mi desayuno con un billete de $U2 con la imagen de la Reina Isabel II y la camarera me preguntó de dónde los había sacado. Le expliqué que los cambie en un Banco en Ithaca, Nueva York y riendo me dijo, “ese billete dejó de estar en circulación hace años, ahora es de colección, deberías guardarlo”, al parecer el de $U1 sufrió la misma suerte. Un señor que almorzaba en la mesa de al lado nos contó que el Lago Moraine también había sido parte de los billetes canadienses. Lástima que no tengo uno de esos.

De esta manera aprendí a tener cuidado al cambiar dinero en otro país para llevarme efectivo, nunca pensé que un banco me daría billetes que ya no estarían en circulación.

Dolares canadienses vigentes durante 1969-1979 junto a la fotografía del Lago Moraine que se ilustra al dorso. Fuente: Bank of Canada Museum

Al otro día, dejamos el camping y volvimos a tomar la ruta hacia el norte, no podíamos perdernos la llamada “Carretera de los Campos de Hielo”, nombrada así por los glaciares que pueden verse desde la ruta. Viajamos hasta la frontera de Banff para llegar al otro Parque Nacional llamado Jasper. Visitamos unas piscinas termales entre montañas. Rarísimo entrar al agua caliente con el aire frío y las montañas heladas alrededor. Almorzamos y seguimos camino hacia el Glaciar Athabasca, la guía decía “el más visitado de Norteamérica”. Es de fácil acceso y debo decir que el monumento blanco te quita el aliento, parecía una rampa gigante entre montañas que se perdía en el horizonte, y te invitaba a caminarla. Pero las múltiples grietas con fondo infinito nos indicaron que debíamos ser cuidadosas (por precaución se debe hacer el recorrido con un guía). Hay un camino de “monolitos” de concreto con un año escrito arriba, forman una fila y están ubicados a pocos metros uno del otro, estos muestran el retroceso anual del glaciar. Luego de un rato el frío se volvió un problema, la primavera fría del norte de Canadá nos hizo retroceder y seguir camino. Pero ese blanco, lo tengo grabado en la retina.

Glaciar Athabasca. Parque Nacional Jasper.

Cercana estaba la Edith Cavell, el pico montañoso más alto del estado. Un sendero para los que les gusta el tracking, un lago glaciario con pequeñas cavernas de hielo, cascadas pequeñas entre rocas y una vegetación baja tratando de sobrevivir en un ambiente en condiciones extremas. Todo hermoso para terminar la jornada.

Sendero hacia Edith Cavell. Fuente: Julieta Mirabelli

Debíamos volver, porque nuestro avión salía al otro día. Nos turnamos para manejar casi el resto del día y tratar de descansar antes de la vuelta definitiva.

Pocos días pero muchos recuerdos. Nunca es suficiente cuando se trata de inmensidades como estos parques nacionales, de los cuales me siento tan afortunada de haber conocido. Espero que en la ruta nos encontremos con otro alce…solo para despedirme.

sitio web: https://www.pc.gc.ca/en/pn-np/ab/banff/index.


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